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Humanae vitae, que dio a la luz Pablo VI el 25 de julio de 1968

La oposición a la Humanae vitae o el triunfo del modernismo

Javier Paredes. Ante un nuevo aniversario de la publicación de la encíclica Humanae vitae, que dio a la luz Pablo VI el 25 de julio de 1968, conviene recordar que la fuerte oposición que surgió dentro de la iglesia frenta a la doctrina que en ella se exponía, supone el primer gran triunfo de los modernistas, que desde entonces no han hecho sino conquistar nuevas cotas. Quienes sostienen que el modernismo desapareció con la condena de  San Pío X pertenecen a uno de estos dos sectores: o son modernistas y quieren que caigamos en la trampa sin darnos cuenta, o son infantiles hasta el punto de que todavía les chorrean las aguas bautismales.
El modernismo, en resumen, consiste en edificar la Iglesia utilizando como cimiento el pecado contra el Espíritu Santo, al introducir el concepto de autonomía del hombre en el ámbito religioso. Las distintas tendencias modernistas se pueden definir como un nuevo intento gnóstico que trata de sustituir los fundamentos doctrinales sobre los que su Fundador había edificado la Iglesia, en un afán de desplazar la fe y la Revelación como fundamento del hecho religioso y colocar en su lugar los criterios del racionalismo y de la ciencia positivista. En suma, el modernismo subordina la fe a lo que los modernistas denominan “formulaciones de los tiempos modernos”, que por ser opuestas a la fe acaban modificando el depósito entregado por Jesucristo.

El primer círculo dmodernista fue muy reducido, realmente eran muy pocos y estaban muy localizados. Todos ellos eran clérigos entre los que destacaban el sacerdote Alfred Firmin Loisy (1857-1940) en Francia, el jesuita George Tyrrel (1861-1909) en Inglaterra, el profesor del seminario romano Ernesto Buonaiuti (1881-1946) y el sacerdote italiano Romolo Murri (1870-1944). Ahora bien, a pesar de ser tan pocas las cabezas más destacadas, dejaron sentir su influencia entre los católicos, y ello en primer lugar por su condición de clérigos de quienes dependen muchas almas y, además, porque a diferencia de lo acostumbrado por los herejes de abandonar la Iglesia, lo propio de los seguidores del  modernismo es permanecer dentro de ella, pues el modernista considera que es su misión reformar la Iglesia de acuerdo con su propio pensamiento. Así por ejemplo, el modernista en su concepción dialéctica concibe la coexistencia -como tesis y antítesis- de una Iglesia institucional y otra carismática, la primera tradicional y la segunda progresista, gracias a cuyo enfrentamiento surge el avance; naturalmente en dicha concepción el modernista es el representante de los carismas y del progresismo. De aquí, que para ellos no sólo no fuera compatible, sino incluso necesario realizar una crítica de los fundamentos mismos de la Iglesia y permanecer a la vez dentro de su seno. Por eso  la estrategia modernista para evitar una excomunión no utiliza enfrentamientos directos, ni hace afirmaciones tajantes, o esconde su personalidad firmando sus publicaciones con seudónimos, como el de Hilaire Bourdon que fue el utilizado por Tyrrel. Como estratega, nadie tan habilidoso como Buonaiuti que se las arregló para mantenerse dentro de la Iglesia hasta 1926, a pesar de haber sido excomulgado en dos ocasiones en los años 1921 y 1924.

Los modernistas no articularon un cuerpo orgánico doctrinal y prefirieron seguir la táctica de exponer sus ideas de un modo difuso, utilizando el recurso de las medias verdades. Todo ello además de dificultar la actuación de las autoridades eclesiásticas en orden a establecer la divisoria entre las publicaciones de contenido erróneo, ofrecía a los modernistas la posibilidad de no darse por enterados, cuando llegase la condena. A pesar de todo, la claridad y coherencia de San Pío X (1903-1914) fue meridiana: la fe de la Iglesia no tiene necesidad de adaptarse a nada, por cuanto la plenitud de los tiempos se había producido ya con la revelación de Jesucristo, Dios hecho hombre. Partiendo de este principio básico que salvaguardaba el depósito entregado por Jesucristo, San Pío X denunció los objetivos de los modernistas mediante el decreto Lamentabili (3-VII-1907), expuso de un modo organizado la doctrina del modernismo y la condenó en la encíclica Pascendi (8-IX-1907) y estableció toda una serie de medidas disciplinares en varios documentos, el más importante  de los cuales fue el motu proprio Sacrorum Antistitum (1-IX-1910).

El decreto Lamentabili condena 65 proposiciones modernistas, algunas de las cuales son éstas: la fe propuesta por la Iglesia contradice la historia; la Sagrada Escritura no tiene un origen divino y debe ser interpretada como un documento humano; la Resurrección de Jesucristo no fue un hecho histórico, sino una elaboración posterior de la conciencia cristiana; los sacramentos del Bautismo y de la Penitencia no tienen un origen divino; no hay verdad inmutable y ésta evoluciona con el hombre; la Iglesia, por adherirse a verdades inmutables, no puede conciliarse con el progreso. Y concluía, literalmente el decreto Lamentabili con la 65ª y última proposición: El catolicismo actual no puede conciliarse con la verdadera ciencia si no se transforma en un cristianismo no dogmático, es decir en protestantismo amplio y liberal.

En la encíclica Pascendi, además de indicar los remedios contra la crisis modernista, San Pío X retrata tres figuras: la del filósofo modernista, la del creyente modernista y la del teólogo modernista. El filósofo modernista, por fundamentar sus ideas en el agnosticismo y reducirse a lo fenoménico, acaba por afirmar el principio de inmanencia vital, según el cual Dios es un producto de la conciencia que el sentimiento de cada uno engendra; así las cosas, la conciencia religiosa, es decir el "sentimiento" religioso de cada uno se erige en autoridad suprema, por encima -por supuesto- del magisterio y de la autoridad de la Iglesia. El creyente modernista debe limitarse a elaborar en su interior su experiencia de lo divino, y las creencias por lo tanto se identifican con las experiencias singulares.  Por último se refería el Papa al teólogo modernista que, por partir del principio de que Dios es inmanente al hombre y que en consecuencia la autoridad religiosa no es sino la suma de todas las experiencias individuales, sostiene que la autoridad eclesiástica debe regirse por criterios democráticos. Este radicalismo religioso, inmanentista, individualista y subjetivista de los modernistas, que vaciaba completamente de sentido a la Iglesia, era condenado por el Sumo Pontífice, por ser el modernismo -según se lee en  la Pascendi- el conjunto de todas las herejías con capacidad para destruir no sólo la religión católica, sino cualquier sentido religioso, por cuanto los presupuestos del modernismo desembocan, en definitiva, en el ateísmo.

Ahora bien, que San Pío X hiciera un diagnóstico certero de la enfermedad que aquejaba a la Iglesia en modo alguno puede interpretarse como que durante su pontificado al paciente ya se le podía dar de alta. Ciertamente que la estrategia de los primeros modernistas no fue de lo más eficaz para atraer a un gran número de seguidores. Proponer que se debía vivir al margen del magisterio y ser autónomo para que cada uno pudiera decidir las verdades de fe, que se podían cambiar para estar en consonancia con la ciencia moderna, no tuvo suficiente tirón social a principios del siglo XX. Pero tras décadas de letargo, que algunos interpretaron equivocadamente como su muerte definitiva, despertaron los modernistas y tuvieron un éxito sin precedentes, tras publicar Pablo VI (1963-1978) la Humanae vitae (25-VII-1968); a partir de este momento sí que hubo y sigue habiendo muchos católicos partidarios de reivindicar su autonomía, para que, al margen de la moral de la Iglesia Católica, cada uno pueda decidir lo que está bien y lo que está mal en el lecho conyugal. La cuestión es que el depósito de la fe y la moral es indivisible y se empieza rechazando la Humanae vitae y se acaba dando la espalda a todo el magisterio de la Iglesia.

  No fue poco el mérito de San Pío X al descubrir el tumor. Faltaba en lo sucesivo poner los remedios para curarlo y evitar la metástasis, porque los modernistas no se rindieron a lo largo del siglo XX, hasta el punto de que Pablo VI  tuvo que reconocer públicamente que el humo de Satanás se había  metido dentro de la Iglesia. Y en estas estamos, esperanzados y pendientes de que la Madre de Dios y Madre Nuestra abra puertas y ventanas para ventilar nuestras estancias y evitar que nos asfixie el humo modernista de Satanás.
 

Javier Paredes es Catedrático de Historia Contemporánea

Etiquetas:Iglesia Católica