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Diario YA


 

Sobredosis de Springsteen

Paco Ochoa. 6 de febrero.

Desde que nuestro hombre se volvió políticamente correcto, criticó abiertamente a Bush y apoyó a los demócratas, primero Kerry, luego Obama, no ha parado: discos acústicos, eléctricos, en directo, homenajes, reuniones y giras con la E Street Band, globos de oro con Rourke, videos, ediciones especiales. No ha faltado de nada. ¿O sí? Si, por supuesto. La media ha bajado mucho. La calidad ya no es lo que era y, para los viejos fans, lo que tenemos delante se empieza a parecer excesivamente a la caricatura de un artista irrepetible en sus días de gloria. La sobre exposición es lo que tiene y a determinadas edades es mucho más agradecido ejercer de leyenda arisca, como Dylan, que de bondadoso colega a lo Miguel Rios que es tan noble, tan noble que uno se pregunta por que no ficharía en su momento por Viva la Gente.

Y que conste que el que esto firma ha engrosado durante mucho tiempo las filas de los entregados al Boss. La trilogía Born To Run, Darkness On The Edge of Town y The River me sigue pareciendo esencial para comprender y amar la música popular de siglo XX y algunos de sus conciertos, en concreto el de Barcelona de 1981,  fascinantes expresiones de lo que debe ser el rock and roll sobre un escenario y de hasta donde puede llegar el talento, la pasión y la generosidad de un músico unido con su público. Lo que ocurre es que fue él quien puso el listón en el privilegiado lugar en el que se encuentra, y no hay más remedio que exigirle en función de lo que ha sido capaz de hacer. Esa es la carga de los más grandes.

Una carga que el bueno de Bruce parece no llevar bien. Su último trabajo Working On A Dream es precipitado, desigual, tiene una portada horrorosa y está sobreproducido. Cuando ha pasado poco más de un año del anterior Magic, ha decidido editar un nuevo álbum y las prisas se notan. La cosa empieza bien con tres temas decentes como Outlaw Pete, My Lucky Day y Working On a Dream, pero a partir de ahí la cosa se desinfla y la dignidad del recuerdo al desaparecido Federici en The Last Carnival convive con cortes cercanos al bochorno como Queen Of The Supermarket. Para colmo el amigo Brendan O’ Brien se dedica a inundar todos de cuerdas y sumerge a la E Street Band en un pantano del que apenas sale en todo el disco.

Probablemente este disco sería maravilloso para cualquier otro artista, pero al hombre que escribió Racing In The Streets se le debe exigir mucho más. Ya se sabe, cosas de la propia grandeza.

 

Etiquetas:editorial