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Marido es “hombre casado con relación al cónyuge” ¿por qué no decir con su esposa o con su mujer?

La RAE y los chocantes términos del nuevo Diccionario de la lengua

Miguel Massanet Bosch. Líbreme Dios de pretender enmendar la plana a los doctos académicos de la lengua, a los cultivados miembros de tan prestigiosa institución y artífices de este nuevo diccionario de la lengua que, recientemente, ha aparecido para uso de escritores, información de ignorantes y apoyo de los enamorados de la semántica y la pureza del idioma de Cervantes.  No obstante, desde la humildad del simple usador del castellano, de aprendiz de cronista de los sucesos que ocurren en este mundo (en el que cada día las distancias se acortan y comprimen gracias a los avances extraordinarios en las comunicaciones) y como de admirador de la riqueza expresiva de nuestra lengua oficial; me atrevería a objetar, con algunos reparos, la labor de aquellos que, aparte de enriquecer el idioma con palabras procedentes del pueblo que, por su uso repetido, su expansión y adopción por todo el territorio nacional, se han convertido en expresiones merecedoras de formar parte de nuestro acervo lingüístico; también se percibe en ellos una cierta apatía mental, una pereza interpretativa y una cierta dejadez en conservar y remozar el idioma, en lo que pudiéramos calificar como su parte “noble”, sus palabras cultas y sus expresiones enriquecedoras y prestigiadoras de la lengua española.

En primer lugar, no parece que los señores académicos tengan una actitud restrictiva en orden a la aceptación de inclusiones de términos y neologismos procedentes de idiomas extranjeros, por muy usados que hoy en día sean en los ámbitos internacionales. Se puede admitir que los españoles usemos en libros, escritos científicos, tesis, artículos o en el lenguaje corriente expresiones en inglés cuando éstas no tengan una fácil traducción al idioma español  o pudieran constituir un obstáculo para entenderse con otros colegas de países extranjeros, sin embargo, el abuso de anglicismos y americanismos incluidos dentro del diccionario de la lengua, no creemos que sirva para contribuir de ninguna manera en mantener la puridad del idioma y sí a iniciar un peligroso camino hacia la supeditación del castellano al idioma de la Rubia Albión que, si es verdad que, desde un punto de vista técnico y práctico, es recomendable que todos los españoles lo conozcan, como segundo idioma; no por ello deben contaminar nuestra lengua castellana ni formar parte de un diccionario de la lengua española.

Lo mismo se puede decir de otros extranjerismos, como galicismos ( por cierto algunos verdaderamente curiosos como, por ejemplo, chaise longue que se podría traducir por canapé, una palabra ya incluida en el diccionario y, por tanto, fácilmente prescindible) Tampoco se ha querido prescindir de palabras italianas como la “birra” para referirse a una cerveza, vocablo que ya viene recogido en el vocabulario castellano desde tiempo inmemorial y no hay necesidad de buscarle otra expresión para definirla. Tampoco faltan incorporaciones de palabras exóticas, como burka, hiyab, que quizá tuvieran un sitio en una enciclopedia, pero que poco tienen que hacer en un diccionario de español. Choca que se incorporen, como palabras castellanas, expresiones íntegramente catalanas como “blaugrana” o términos de carácter científico como “botox”. Cuando define la palabra “marido” parece que no quieren cogerse los dedos y se limitan a calificarlo  “hombre casado con relación al cónyuge” ¿por qué no decir con su esposa o con su mujer? Sin duda ha sido una concesión al mundo homosexual y a sus mal llamados matrimonios.

No sabemos si la RAE ha decidido prescindir de su famoso lema “limpia, fija y da esplendor” porque parece que, los señores académicos, no tienen mucho interés en hacer una criba de expresiones, para evitar determinados modismos e idiotismos  así como expresiones vulgares, contracciones y acrónimos, producto de modas transitorias, muchas de ellas llegadas de Hispanoamérica, que más que enriquecer el idioma contribuyen a degradarlo y vulgarizarlo, despojándolo del “esplendor” propio de una lengua, sin duda viva, pero a la vez bella y culta. Seguramente los habrá lo suficientemente horteras para que el término “cagaprisas” le resulte excitante, pero a cualquier ciudadano que ame la lengua y quiera preservarla de expresiones soeces y malsonantes, seguramente le parecerá un atentado al buen gusto y la limpieza del idioma.

Tenemos la impresión de que, seguramente para justificar sus sueldos y dar la sensación de que están muy atareados, nuestros académicos de la lengua se apresuran en incorporar términos que es muy posible que, antes de que sean publicados en el diccionario, ya hayan quedado desfasados, obsoletos y fuera de circulación. Hablar de “chupi”,”gorrillas” o “amigobio” ( persona que mantiene con otra una elación de menor compromiso formal que un noviazgo) como vocablos que merecen figurar en el diccionario de la lengua, nos hace el efecto de que, en este plan, cualquier ocurrencia procedente de la turba urbana tiene cabida dentro del santuario de nuestra lengua española. Mucho nos tememos que, con el afán de crear neologismos, lo que se consiga al fin sea crear una gran confusión en los usuarios que buscan, en el diccionario de la RAE, el apoyo para el uso correcto del idioma. Un ejemplo más, la nueva palabra “feminicidio”, un término que pretende singularizar una clase de homicidio o asesinato (habría que distinguir las circunstancias del delito) especialmente cometido contra una mujer con la particularidad de que sea “por razón de sexo”.

Es obvio que, cuando se habla de asesinatos u homicidios, la palabra se puede aplicar a la víctima tanto si es varón como hembra. En el caso de que, el crimen, tenga lugar entre parientes cercanos se denomina “parricidio”. La ley ya contempla circunstancias especiales que pueden concurrir en el hecho delictivo, las atenuantes, las agravantes o, en su caso, las eximentes; que son las que califican los hechos y tipifican el delito y la pena que le corresponde, según sea la gravedad de los hechos delictivos. Si cada modalidad, como es el caso, cada causa originaria de la acción delictiva tuviera su propio vocablo identificable, seguramente el diccionario tendría que ampliarse en un número importante de páginas. Pongamos por ejemplo: asesinato por fines económicos, por odio, por venganza, por celos, por envidia, por motivos sexuales;… La lista sería inacabable.

Es posible que los ciudadanos de a pie veamos la lengua española desde el punto de vista de considerarla como un gran tesoro que, como todos los bienes apreciados, queremos conservarlo en las mejores condiciones posibles, sin máculas ni polvo que pudiera deslucirlo, libre de estorbos y limpio como una patena; de modo que podamos exhibirlo con orgullo a través de nuestros escritores, de nuestros poetas, de nuestros lingüistas y, en fin, de todos aquellos que, humildemente, intentamos utilizarlo lo mejor que nuestras facultades, si es que tenemos alguna, nos permiten. Lo otro, las expresiones incorrectas, las palabras impropias, las ocurrencias pasajeras o los vocablos desafortunadas, podrán ser objeto de otros vocabularios, diccionarios, agrupaciones de expresiones o lo que fuere pero no, en ningún caso, formar parte del Diccionario de la Lengua Española que deberá ser, como dice el lema: quien limpie, fije y de esplendor al idioma castellano.

O así es como, desde la óptica de un ciudadano de a pie, vemos la necesidad de que nuestro idioma no sea colonizado por otros ni prostituido por términos impropios de su impoluta y especial categoría.
 

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