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La oportunidad de rectificar

Gonzalo Rojas
La carta publicada por el Mercurio pocos días atrás, bajo la firma de personalidades que fueran ministros, subsecretarios o intendentes de los gobiernos Piñera -acompañados de parlamentarios de Chile Vamos- ha sido una importante contribución a la fortaleza con la que debe enfrentarse el conflicto político en Chile.
En defensa de Jaime Mañalich, afirman que “todo ese esfuerzo y compromiso de Jaime no fue suficiente para satisfacer la furia incontenible que invade a muchos -en este Chile que sufre- por destruir a sus adversarios políticos, que los mueve a criticarlo todo, a desconocer el esfuerzo ajeno y a ensuciar la imagen de servidores públicos sobresalientes”. Agregan que “la descalificación permanente, sin lógica ni medida, se ha instalado, destruyendo día a día nuestra sociedad, causando tanto o más daño que el virus. Se trata de una verdadera pandemia social que tiene agónico a nuestro país”. Y, finalmente, sentencian: “Abundan los depredadores de los servidores públicos, expertos en la funa, practicantes de un bullying despiadado que no cesa hasta destruir a sus víctimas. Y así estas van cayendo unas tras otras, un ejercicio macabro que no cesa”, concluyendo que Chile es también víctima del odio, una pandemia que hay que erradicar.
Clarísimas y oportunas palabras.
Pero no se nos olvide que desde hace unos 15 años, ciertos jóvenes intelectuales de la derecha, han intentado desacreditar a quienes hemos sostenido fundadamente que el conflicto agudo nunca ha desaparecido en Chile.
Intentando ridiculizarnos como “anclados en la guerra fría” -argumento que en realidad ha estado destinado a tratar de suprimir la perenne vigencia del pensamiento de Jaime Guzmán-. Estos especialistas en consensos, tan inexpertos en las luchas prácticas como vanidosos en sus miradas teóricas, se han topado de frente, desde el 18 de octubre, con la realidad del conflicto agonal que las izquierdas marxistas le plantean al resto del país.
Los que hemos sido acusados de actuar en los últimos años con la anticuada lógica de la guerra fría, en realidad lo hemos venido haciendo con los criterios de la legítima defensa y del bien común. Y ahora, por eso mismo tenemos todo el derecho -¡y el deber!- de decirle a los jóvenes intelectuales que nos han venido descalificando: abran sus ojos de una vez por todas, reconozcan su error y su bondadosa ingenuidad, colaboren efectivamente con la causa que dicen compartir y déjense de hacerse los distintos. Se los advertimos en su momento, pero nos descalificaron.
Hoy, la evidencia del actuar de las izquierdas les enrostra su error de manera agresiva e inevitable: han estado equivocados; y en reconocerlo, y sumarse a la defensa y promoción del Chile que seguramente compartimos, estará su debida reparación.