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Editorial: "La empresa"

Si no lo ha hecho todavía, debería escandalizarnos las últimas cifras de paro arrojadas desde el Ministerio de Trabajo. 3,6 millones de personas se encuentran en estos instantes en una situación muy difícil y lo que, macroeconómicamente, no es más que un pequeño episodio, un periodo de vacas flacas, un tránsito difícil pero del que los expertos aseguran haber luz al final del túnel, para las economías familiares que se han encontrado de repente con esta eventualidad constituye una pesada losa y un futuro incierto.

Sin entrar en la componente psicológica personal, en el cómo y de qué manera afecta a todos los aspectos del normal desarrollo de las personas el encontrarse de un momento a otro sin trabajo y sin la esperanza de encontrarlo en los próximos meses, es interesante analizar las posibles soluciones y actuaciones que nos han de obligar a todos y ver en qué manera somos cada uno de nosotros responsables de un problema global, si cabe la posibilidad de constituirnos en parte de la solución o, simplemente, somos parte del problema. La caridad, tercera virtud teologal, no tiene cabida en este asunto pues no se trata de caridad sino de justicia de lo que principalmente adolece nuestro sistema económico y financiero.

El sistema liberal capitalista permite la agrupación o asociación de individuos en entes conocidos como empresas, por cuyos fines podemos agruparlas, básicamente, en dos tipos: las lucrativas y las no lucrativas. Interesan para nuestro análisis especialmente las primeras pues parece que de no darse el fin último de su actividad empresarial –la obtención de beneficios- cualquier medida que se tome en estos momentos de crisis económica y financiera para salvaguardar ese capital a ingresar está plenamente  justificada, y casi pesa sobre sus gestores la obligación “moral” de tomarla. Si ello es una reducción de plantilla o una bajada salarial es indiferente, en nada afecta y a nadie parece importar. Olvida el sistema que son los trabajadores de la empresa el mayor activo que ésta posee y que, en último caso, es de personas y de familias de lo que estamos hablando. No es lícito obtener el beneficio empresarial a costa del salario justo de los trabajadores y, por tanto, no parece lícito que, por salvaguardar el beneficio, sea al final el despido la solución más utilizada por los gestores empresariales. Por pequeño que sea el beneficio que obtenga la empresa o por mucho que éste se vea recortado al final de un ejercicio, nunca se podrá argumentar  un despido por esta causa y, en estricto sensum, sólo la propia supervivencia futura de la empresa justificaría una reducción salarial o un expediente regulador y esto porque, aquí sí, cuando sólo se puede obtener un mal, se ha de procurar el mal menor.

Pero cabe una corrupción aún mayor del sistema a la luz de las cifras de desempleo publicadas. Los tiburones del sistema conocen bien la ley de la oferta y la demanda. Poca oferta de empleo, mucha demanda, ergo…, mano de obra barata. El sistema alimentará con ella su recuperación y, en los próximos meses, podremos ver el mercadeo de carne humana, el hacer por 200 euros lo que vale 1.000 y, finalmente, salarios de miseria, muy por debajo del coste de la vida, salarios de explotación que requerirán del pluriempleo, de la vida encadenada a la cadena de producción.
Dará lo mismo el color de la moralina de la que revistamos nuestros argumentos empresariales si finalmente no comprendemos que es el trabajo para el hombre y no el hombre para el beneficio; el trabajo por el que se dignifica y alcanza su realización moral, personal y social y no por el que se ata de por vida a su degradación.

Viernes, 3 de abril de 2009.
 

 

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