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Editorial: "Europeos"

Ya hay fecha oficial. El 7 de junio. Parece puesta adrede para que triunfe la abstención. Primero, porque las vacaciones son sagradas y ni la crisis se las carga. Segundo, y más importante, porque Europa, la verdad, no le interesa a nadie. Interesaron un poco en su momento, cuando a los españoles se nos hizo el gran honor de dejar que uniésemos nuestros destinos al de franceses y alemanes en esa gran casa común que se rebautizó como Europa, como si ésta no existiese de antes y no significase otra cosa bien distinta. A esa primera algarabía inicial han seguido hasta cuatro procesos electorales (este que viene es el quinto y dicen que no hay quinto malo) en los que la participación ciudadana nunca ha sido como para tirar cohetes.

La raíz sociológica del problema parece corresponderse bastante bien con la idea asentada en el subconsciente colectivo de que la Unión Europea, desde el principio, nos ha perjudicado más de lo que nos ha beneficiado. En otro momento entraremos en este aspecto, revelador del sentir ciudadano y que ni liberales ni socialdemócratas han sabido conjurar. Pero queremos dejar a la reflexión del lector un aspecto más profundo del sentimiento que tenemos (o no) los españoles como “europeos” de esa cosa llamada Europa y que es equivalente a unión Europea o al término acuñado de “la Europa de los mercaderes”.

Europa (siempre hablando en sentido figurado y haciendo referencia a la Unión Europea) podría considerarse o asemejarse a una gran comunidad de vecinos. Una unión armónica entre vecinos es, no ya deseable, sino fundamental y necesaria. Para demostrar este argumento, basta imaginar lo que es una comunidad de vecinos en la que reina la discordia y la disputa. Tiende a crecer con el tiempo y ofrece siempre muy difícil proceso llegar a reconciliaciones. Añádase que los países y sus ciudadanos, a diferencia de los vecinos de una finca, carecen de la posibilidad de mudarse a otra parte. Así que entenderse con unos y con otros es necesario para la supervivencia y deseable. Pero el entendimiento, forzosamente, no ha de ser más que en aquellos espacios comunes y de tránsito compartido, afectar a las normas de urbanidad básicas de convivencia, y poco más. De puertas para dentro, cada familia ha de ser libre de organizar su vida como plazca. El problema de esta Europa es que, entre todos, hemos decidido tirar abajo los tabiques que separan nuestras casas, que consentimos que el vecino del quinto meta la mano en el monedero de nuestras economías y que el presidente de la junta de vecinos nos diga qué tenemos que echar en la cesta de la compra y qué tenemos que tirar de nuestra nevera.

Domingo, 5 de abril de 2009.

 

 

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