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Diario YA

SINGULARIDADES Y EXCLUSIONES

Manuel Parra Celaya. Líbreme, Dios de motejar de rarezas a determinadas posturas, porque, quien más, quien menos,  todos observamos fielmente entre nuestras costumbres, prácticas o preferencias algunos aspectos que chocarían al común de las gentes.
    Así, uno respeta en su fuero interno aquellas prácticas o pensamientos ajenos por muy extrañas que le parezcan, siempre y cuando no perjudiquen a valores o bienes superiores, y se cuida mucho de menospreciar la dignidad personal de sus usuarios.  Cuando considera alguna de estas singularidades de tono más estrafalario, se limita a dar gracias por no haberse dejado atraer por ellas y se consuela con el viejo dicho de hay quien le da por chupar candados…
    El respeto a la libertad y a la dignidad humanas no obsta, sin embargo, para que estas que considera excentricidades puedan ser objeto de comentario, sobre todo si no se está sujeto a la dictadura de la corrección política; tampoco, para que -algunas- intenten ser comprendidas, por más que la empatía (es decir, ponerse en lugar del otro) resulte a todas luces muy difícil.
    Como muestra, pueden ponerse varios botones. El más socorrido y actual puede ser para uno la proliferación de la moda vegana, es decir, la asumida por las personas que, por convicciones éticas, por razones de salud o por cualquiera otras, se niegan a consumir productos de origen animal, sean para vestirse, comer, desplazarse o maquillarse. Me entero de que los veganos se diferencian de los vegetarianos en su extremismo, porque estos últimos se limitan a rechazar carne, pollo o pescado en sus dietas alimenticias (pero puedo estar equivocado).
    Me imagino que los veganos pueden ser incluidos en una rama más extremista del animalismo por derecho propio y que deben ser próximas a ambas corrientes ciertas señoritas que el otro día lanzaron en la televisión sus voces de alerta por los injustificables actos de violación -previo acoso, supongo- que cometen los machistas de los gallos contra las indefensas gallinas, que no son, ni mucho menos, tan lúbricas y salaces como dice el popular refrán.
    Quizás estén también emparentadas dichas señoritas pro-castidad gallinácea con el movimiento femen más radical, pero al llegar a este punto me sumerjo en un mar de confusiones y dejo para cada cual sus manías de corral y ponedero.
    También me entero de que el término vegano fue acuñado al final de los años cuarenta del pasado siglo; no obstante, columbro que la existencia del hecho es muy anterior, pues ya la genial escritora Richmad Crompton incluía, en sus divertidas Aventuras de Guillermo Brown, en los años veinte,  a una estrambótica pareja cuyos comportamientos se acomodaban como anillo al dedo con la definición.
    Sobre el veganismo, un servidor no tiene nada que objetar, salvo el detalle personal de que se ha visto privado de un restaurante exótico, con carne excelente aderezada con picante, que se ha transformado recientemente, por razones de clientela, a esta singularidad culinaria; en cuanto a los vegetarianos, allá cada cual con sus preferencias (yo soy impenitente carnívoro), pero siempre recuerdo aquello de Ortega, en su Democracia morbosa, que compara a quienes quieren imponer el marchamo de demócrata a todo lo que se menea a vegetarianos que obligasen  a que toda manifestación cultural o artística girara en torno a sus preferencias a la hora de sentarse a la mesa.
    En punto a excentricidades, lo que no comprendo en absoluto es el nacionalismo separatista, y este sí se incluiría entre las dañinas para el bien común, por mucho que esté extendido en determinados territorios españoles. No me caben en la cabeza las enormes tragaderas de sus fieles ante el cúmulo de mentiras políticas, trolas económicas y mitos historicistas a los que han sido sometidos por sus dirigentes; no puedo entender cómo las masas que asistieron el pasado miércoles a los faustos de la diada sean capaces de profesar una pseudorreligión tan dogmática como la que predica el odio contra el vecino y la segregación de una parte de esta bella realidad histórica llamada España; no concibo por qué extraño sortilegio se puede llegar a romper amistades y vínculos familiares; ignoro los resortes íntimos de su fanatismo, que quizás habría que indagar acudiendo al psicoanálisis; no descifro, ni aun con ayuda de manuales de esoterismo, las claves que permiten a obispos y clérigos conciliar Catolicismo (es decir, universalidad) con el cerrado particularismo excluyente; profundizando todavía más, no puedo justificar cómo, a estas alturas del siglo XXI, puedan seguir vigentes los cánones del racismo (eufemísticamente, supremacismo), desechados por la Ciencia y por la historia.
    Me atrevería, por supuesto,  a dialogar y confrontar opiniones con veganos, vegetarianos y animalistas, siempre y cuando, en reciprocidad, ellos admitieran mis pareceres en este diálogo; no así con los separatistas (llamados popular y oportunamente lazis), ante los cuales se estrellan las razones y los datos objetivos en su muro de intransigencia y de exclusión.
    Hagan la prueba. Y hablo con conocimiento de causa.
                                                     
 

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