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Diario YA


 

El cementerio de If

Juan Carlos Blanco Hay un puñado de libros sobre los que volvemos siempre, pasado el tiempo. Me refiero a los que leímos con entusiasmo durante la adolescencia y durante la juventud primera. Aquellos que pasaron a formar parte de lo que en verdad somos y que dejaron una huella imborrable y profunda, una muesca en nuestra memoria y un peso reconfortante en la espalda al cargar con ellos. Y ese poso en la mirada o destello repentino que mostramos sin pretenderlo cuando nos abstraemos durante unas breves milésimas, con independencia del lugar en que nos encontremos y de la compañía de que disfrutemos en ese preciso momento, los recuerdos en forma de imágenes vívidas abriéndose paso a través de nuestra mirada que se vuelca repentinamente hacia lo que llevamos en el interior. Y es algo que nos sucede a todos, sin excepción alguna. Somos la suma de lo vivido en primera persona y de lo escuchado y de lo leído y de lo que observamos al mirar en redondo. La misma materia de la que están hechos los sueños, en palabras del viejo bardo de Stratford. Cómo olvidar la repentina muerte del abate Faria y los posteriores sucesos que cambiaron por completo el destino de Edmundo Dantés y que arrojaron al exterior del castillo de If al futuro Conde de Montecristo.

Pocas lecturas resultan tan recurrentes y alcanzan a tantos, pese a la mala prensa que durante años calificó a Dumas de novelista de merito escaso, objeto como muchos otros de los intereses de su tiempo y de la ceguera humana. Los escarceos de Ivanhoe y de Robin de Locksley y de lady Rowena en la novela de Walter Scott, de tinte iniciático para millones de personas en todo el mundo. El universo privado en que nos permitió zambullirnos Stevenson mediante la lectura atenta de algunas de sus más afamadas novelas, La flecha negra entre mis favoritas, Jekyll y Hyde, La isla del tesoro, El señor de Ballantrae. Los paseos por la orilla del Neva del atormentado Raskolnikov en la obra cumbre de Dostoievski, el reverbero del agua helada y rumorosa que propicia un sortilegio que atrapa irremisiblemente a quien la observa con la atención suficiente. Y con la atención adecuada. La resignación a medias de Castorp en su aislamiento hospitalario que con tanta minuciosidad nos revela Mann en la más deslumbrante obra literaria del pasado siglo, La Montaña Mágica suspendiéndose en algún lugar inequívoco del que no logrará distanciarse nunca, el rincón mullido y confortable en que habitan los logros imperecederos del ser humano, situándose por encima de su propio tiempo. Y tiene algo el gigantesco Settembrini del viejo abate Faria, así al menos me lo pareció desde el primer momento, en el instante mismo de abordar por vez primera la lectura tan absorbente del escritor de Lubeck, ese aire de anciano instruido y juicioso al que debe de escucharse siempre, de manos huesudas y mirada agrisada y triste, elegante en su delgadez obligada, sentencioso siempre en sus afirmaciones últimas que se dirigen más que nada a sí mismo, como si todo lo que masticara en el interior de su pensamiento fuese volcado hacia el exterior sin pretenderlo apenas. Y la manera en que hace expirar Lampedusa al protagonista de su novela única, cómo olvidar esos pasajes en que se agolpan los pensamientos enturbiados en el cerebro del enseñoreado aristócrata mientras va difuminándose todo a su alrededor, volviéndose intangible, fuera de su alcance pese a tenerlo a pocos centímetros de sus dedos, la tranquilidad que lo embarga y que amenaza con dejar lo demás en un segundo plano olvidado y ficticio, la manera serena de afrontar la muerte como algo ineludible frente a lo que de poco sirve oponer resistencia alguna.

 Y resulta cuanto menos curioso y revelador el momento en que regresas a estas y otras lecturas pasado el tiempo, diez, quince, veinte años después de haber leído por vez primera El Pirata de Conrad o alguno de los viejos libros editados en rústica del inimitable Baroja que se encuentran en casi todos los hogares de nuestro país, evocador y curioso el modo en que continúan atrapándote con sólo leer algunos párrafos sueltos que devuelven a la actualidad tus cavilaciones antiguas y que aguardan siempre, de uno u otro modo, emboscadas, el momento oportuno en que hacerte volver la mirada.

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